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deportivo 0-2 REAL VALLADOLID
Nauzet y Medunjanin certifican un buen partido en la semana clave para la permanencia
21 de marzo de 2010

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A.G. ENCINAS.-

Estaba la tarde gris, con una llovizna pesada, de la que no deja de caer en todo el día. Un escenario complicado, ante un Deportivo aspirante a puerta grande de 'Champions' y con una semana por delante de las que marcan el carácter. Tarde para guerreros. Para jugársela a todo o nada. No valían las tibiezas, y sí el descaro, la fortaleza mental y la ambición. Para el Real Valladolid hace mucho que quedó atrás el último tren. Ya sólo le queda asirse al enganche final del último vagón y auparse a pulso sin ayuda de nadie. Y quizá por eso esta vez hubo suerte. Esta vez el equipo sacó la cara peleona, sin dureza pero con empuje. Y derribó por pura cabezonería a un Deportivo al que este partido tan crudo no le sentó nada bien. Los gallegos están cómodos en la clasificación, tienen todos los retos conseguidos e incluso sienten el rumor de un entorno que aconseja dejarse de 'Champions' indigestas y conformarse con algo menos.

Los de Lotina parecían atrapados por esa actitud fogosa del Real Valladolid y jugaron con flojedad de piernas y de cabeza. «Sin meter», que diría Marcos. Esta vez sí, el Valladolid rascaba. Hacía ver que se jugaba la vida, y que ante semejante objetivo nada tienen que oponer las clasificaciones europeas y otras glorias. Sin la literalidad que quisieron ver los portavoces madridistas que pusieron el grito en el cielo por lo de «arrancar cabezas», pero con el espíritu que alimentaba esas palabras.

El Real Valladolid salió fuerte, concentrado y dispuesto a pelear cada balón. La actitud del necesitado se llevó por delante la calidad deportivista, que aun con un equipo mermado es capaz de hacer daño con un simple amago de Valerón o una sutileza de Lassad.

La primera jugada del partido sirvió de diapasón para comprobar el tono de ambos equipos. Diego Costa pierde el balón ante Lopo cerca de la línea de fondo, y el central deportivista, un veterano que había hablado durante la semana de «tomarse la revancha» por el 4-0 de la ida para insuflar ánimo a sus compañeros, cede el balón confiado a Aranzubia. Ni se percata de la llegada de Nauzet, que le birla el balón con limpieza para ceder de nuevo a Costa, que finalmente mete hacia atrás para el remate alto de Borja. Cuando el jugador que hablaba de revancha y de partido importante comete un desliz por falta de concentración, está visto cuál puede ser el destino del encuentro.

Lo que pasa es que no era la primera vez que el Real Valladolid comenzaba un encuentro con apariencia de superioridad. Y eso hace que siempre haya dudas de cuánto va a durar el gas, hasta qué minuto seguirá el equipo con la misma tónica.

Esta vez no había truco. El bloque del otro día se repitió casi en su integridad, con Nauzet y Marquitos en las bandas, Bueno como enganche y Diego Costa arriba. En el centro del campo, la baja de Carlos Lázaro puso fácil la elección. Borja y Pelé formaron tándem de centrocampistas. La única novedad estaba en el centro de la defensa. Allí irrumpió un Sereno contundente, inteligente a la hora de anticiparse a las acciones de los delanteros y sin complejos de inferioridad ante nadie. Ni en la primera parte, cuando el Deportivo se plantó en el campo con Adrián como referencia ofensiva, ni después, cuando se le añadieron Bodipo y Mista.

El primer tiempo se jugó con mucha velocidad, con imprecisiones y con una verticalidad taquicárdica. Tan pronto rozaba el balón el área blanquivioleta como pasaba a la zona contraria con idéntica sensación de peligro. Fallaba, eso sí, la precisión. Algo lógico con la velocidad con la que se jugaba el partido. ¿Que había una falta? Pues se sacaba rápido. ¿Que se perdía el balón en ataque? No daba tiempo ni a pensárselo, había que volver a toda pastilla porque el rival ya atacaba.

En ese intercambio de golpes, la lógica dictaba que el Real Valladolid tenía las de perder. Sobre todo porque Valerón, Lassad o Juan Rodríguez son gente que se maneja bien en esas acciones subidas de revoluciones. Nadie va a descubrir ahora el talento dle 'Flaco' Valerón, capaz de posar una mirada de 360º sobre el césped para decidir, en una décima de segundo, a qué hueco quiere mandar el balón y ejecutar el pase con la fuerza y la dirección correctas. Podría darle un cursillo acelerado a Pelé, que tuvo dos pases inmejorables para dejar sólo a Diego Costa ante Aranzubia y los envió pasados de potencia lejos del alcance del brasileño.

Aparece Nauzet

En uno de ellos, precisamente, el portugués se llevó la reprimenda de Nauzet. El canario le reclamaba que su posición de partida era mejor, y quería el balón. Lo quiso durante todo el choque, pero sobre todo, por una vez, le puso a esas ansias de esférico la voluntad de defender cuando el equipo lo necesita. Apretó al rival cuando un compañero perdía la pelota, acudió a hacer las coberturas necesarias en un sube y baja continuo y mostró un carácter hasta ahora desconocido en él.

Fruto de esa intensidad con la que disputó el partido se encontró con la acción del 0-1. Siguió con atención el impecable desmarque de Alberto Bueno en un saque de banda. Le llegó el balón a Pedro López, que intentó un disparo con potencia que repelió Aranzubia. El esférico iba hacia él, hacia Nauzet, que la esperaba cerca del punto de penalti. Era el momento de los fuertes de carácter. De los que no dudan cuando hay que pegarle con fuerza y adentro. De los decididos. Si piensas, estás muerto. Y Nauzet no se lo pensó. Empalmó un trallazo imponente que dejó helado a Aranzubia y al escaso público de Riazor.

Había acabado la primera prueba de carácter. Faltaba la segunda. Aguantar el resultado. Ganar el partido. Lo que no se supo hacer ni ante Osasuna, ni ante Zaragoza, ni tampoco contra el Mallorca. Esta vez había que conseguirlo como fuera. No va más. No hay calendarios, ni segundas opciones que valgan. Sólo ganar. Y el equipo, por fin, supo hacerlo. Ante el mismo Deportivo al que le metió cuatro en la primera vuelta.

Lo hizo con una segunda parte impecable por sacrificio y por entrega defensiva. Anticipándose al rival con picardía, metiendo el pie y luchando en cada acción. Y con otro golazo, el del éxtasis definitivo, de Medunjanin en el minuto 91. El de la victoria. El de la fe en la permanencia.

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