Quizás no sea el mejor momento para creer, pero un 6 de febrero de 2002, los vallisoletanos tampoco eran muy optimistas (pese a la buena clasificación que ostentaban) de cara al choque que les iba a enfrentar al Real Madrid en el Nuevo Zorrilla. Los galácticos se las prometían muy felices, pero el mismo equipo que acabaría ganando la Liga de Campeones esa temporada sucumbió en Valladolid.
A LO GRANDE
A.G. ENCINAS.-
El Real Valladolid acabó con todos sus complejos y doblegó, de principio a fin y pese a lo incierto del resultado, a un Real Madrid al que anuló por completo. Ausente Zidane, todavía quedaba la dura tarea de frenar a los otros 'cracks' blancos. Moré confió para ello, una vez más, en su talismán, Mario, y en una zaga liderada por Caminero.
La clave del encuentro era frenar el juego madridista y, a continuación, tratar de aprovechar las opciones que ofrece un equipo tan abierto sobre el césped como el de Del Bosque. Porque el Real Madrid ataca, para bien o para mal, con los once titulares. Eso propicia, en su casa y con Zidane en la alineación, un aluvión ofensivo que basta para desestabilizar cualquier encuentro. Sin embargo, cuando los hombres del centro del campo no consiguen encontrar el modo de dirigir el juego, sus opciones disminuyen.
Para colmo, el marcaje especial de Mario a Raúl abortó el último recurso blanco cuando las cosas no funcionan: buscar al '7' para que resuelva. Raúl sólo pudo aparecer cuando retrasaba su posición hasta el centro del campo, pero allí sus movimientos perdían peligrosidad.
Hora de atacar
Una vez sujetas todas las vías de ataque, el Real Valladolid presentó una concentración plena para aprovechar al máximo las crisis de identidad blancas. Jugar al límite garantizaba desquiciar a los jugadores rivales que, como Helguera, apenas hallaban otro recurso que la protesta.
Y llegó el momento de optimizar el esfuerzo. Quedaba por sacar rendimiento a las facilidades que el juego blanco ofrece a sus rivales. Un equipo con tendencia a descuidar su defensa por su afán ofensivo y que permite al adversario buscar balones a la espalda de la zaga para que, en este caso, la velocidad de Sales, Chema o Luis García hiciera daño.
En este apartado fue precisamente Tote el hombre que pudo cambiar el choque. Esta vez, sin embargo, no acertó. Se dejó el balón atrás en dos llegadas en carrera y pecó de exceso de virtuosismo en una jugada individual en el área. Fueron los propios errores del Real Valladolid, ya habituales cuando el equipo empieza a acercarse al área rival, los que permitieron a los blancos salvar la primera parte con un digno empate sin goles. Un espejismo traicionero, porque los equipos grandes acostumbran a resquebrajar las ilusiones de los pequeños con dos simples zarpazos.
Era lo que más se temía en Zorrilla, que el Real Madrid despertara y marcara un gol que desmoronara todo el entramado de los blanquivioletas. No sucedió así porque la actitud local fue impecable en la segunda mitad, y porque de nuevo Fernando marcó un gol a su equipo.
Otro de los suyos, de centrocampista con llegada que se incorpora para aprovechar el mínimo rechace. Un gol justo y mágico para un Zorrilla que dejó en cuadro a los aficionados madridistas que subieron al campo. Y es que el cambio de esta temporada afecta también al público. Los aficionados han empezado a reconocer la calidad de un equipo que ha sembrado goles preciosos y ha cosechado triunfos rotundos en su estadio ante Deportivo y Real Madrid.
El gol de Morientes fue el susto obligado en este tipo de encuentros, y el cabezazo de Jesús devolvió al Real Valladolid lo que era suyo; un triunfo merecido y a lo grande.