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El fútbol físico, táctico y colectivo ha acabado con los especialistas en el arte del engaño, el amago, la finta y el regate
3 de enero de 2010

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Onésimo, el último regateador
Onésimo Sánchez, en el inicio de uno de sus particulares 'eslalon'. :: FOTO MIGUEL A. SANTOS
ANTONIO G. ENCINAS.-

El balón pegado a la bota. La mirada fija en el defensor. La puntera derecha toquetea ligeramente la pelota, el tacto del cuero casi traspasa el borceguí y llega hasta la piel, y de ahí, como un impulso nervioso, al cerebro. Es entonces, mientras el cuerpo invita con un amago a la embestida del rival, cuando las neuronas envían el mensaje para el 'tic' con el que la pelota desaparece del pie derecho, como por arte de magia, para reaparecer una milésima de segundo después, 'tac', en el pie izquierdo. El defensa burlado queda atrás mientras el escorzo inicial se endereza para que el regateador salga disparado por la línea de fondo.

Todo esto, dicho en el lenguaje de Javier Yepes, es la 'croqueta'. O lo que es lo mismo, el regate inverosímil que Onésimo Sánchez practicaba una y otra vez en aquel equipo de juveniles que él entrenaba. La misma maniobra que ahora es fácil ver en el aparentemente frágil Andrés Iniesta. Pero con una eficacia asombrosa. «Hicimos un estudio cuando Onésimo estaba en juveniles. Salía del primer regate en un 97% de las ocasiones, y del segundo, en más de un 50%. También tenía un porcentaje alto en el tercer regate». Era un especialista. Probablemente uno de los últimos de su estirpe.

Onésimo era un regateador. Como Garrincha o George Best. Grandes del fútbol que hicieron de su capacidad para el 'dribling' todo un arte. Extremos habilidosos que desbordaban a las defensas, que convertían en polvo las zagas atrincheradas. Hoy en día una figura en extinción. El Real Madrid jugaba no hace demasiado con David Beckham en la banda derecha. Un centrador portentoso que aprovechaba su excepcional golpeo de balón con envíos desde la zona de tres cuartos de cancha, sin verse obligado a regatear en el uno contra uno al defensor. Abundan pegadores como él, o Pedro León -regate con una zancada y centro-, Julio Álvarez, Duda... Y también los velocistas, estilo Sesma, Pennant, Capel. Todos tienen cierta capacidad para el uno contra uno, pero nadie hace del regate su principal arma. «Quizás Jesús Navas sea el mejor extremo actual, pero más veloz», explica Yepes.

¿Cómo se define un regateador? Piensen en Zidane, Piqué o Hierro. Jugadores con planta, elegantes en el toque de balón, con la cabeza alta oteando toda la cancha. Y ahora váyanse al otro extremo. Garrincha, Best, Onésimo. Un patizambo al que la poliomielitis le dejó una pierna más corta que la otra, un tipo alto y flaco con igual calidad técnica en ambas piernas y un delantero bajito, de complexión fuerte y con un pie demasiado grande para ser driblador. Añadan si quieren a la lista a Leo Messi, pequeño, explosivo, con el centro de gravedad bajo y un tren inferior potente, capaz de correr con una frecuencia de zancada muy alta sin despegar el balón del pie. Ahí, en esa última característica del argentino, está el único factor común a todos ellos. «En la conducción se ve al que maneja esa especialidad, el que lleva el balón pegado a la bota", clarifica Onésimo.

Son gente especial. Sobre todo porque ese don del 'gambeteo' se tiene o no se tiene. «Hay cosas que se van mejorando con el tiempo, pero hay muchas que son innatas. Luego se mejora el físico, la técnica, la elección de dónde sí y dónde no hacerlo», explica Onésimo. Y Juan Carlos Pereira, que jugó con él desde infantiles hasta llegar al primer equipo, lo corrobora. «Siempre fue su forma de jugar, era lo que mejor hacía». «Se nace con ello», sentencia Yepes. Y con esa cualidad chocan, demasiadas veces, contra el fútbol moderno. Se imponen los dobles pivotes defensivos o los medias puntas en detrimento de extremos y delanteros puros. Y ahora se toma como modelo a un Barcelona excelso que hace del toque rápido y continuo su mejor arma. Eso sí, casi nadie se acuerda de que una de las bazas insustituibles de los de Guardiola es precisamente el único jugador con permiso para tocar el balón cuantas veces desee sin soltarlo: Messi. «El regateador es un tipo de jugador que ahora se estila menos, las tácticas y las obligaciones pueden con esta estirpe de futbolistas, salvo con los genios. Los que son tan diferentes que son supernecesarios, como Messi, Robben...», lamenta Onésimo.

Tácticas contra regate

Mucha parte de culpa la asumen los propios entrenadores. Cuesta mucho hacer que un driblador se amolde al corsé de un sistema. Por su idiosincrasia. Siempre quieren el balón, buscar al defensor, encarar, irse. Y a veces lo hacen en zonas peligrosas. «Hay que saber buscar los momentos, las zonas del campo, y yo tardé en aprenderlo», admite el propio Onésimo. Pereira, ayer compañero y hoy entrenador de juveniles del Real Valladolid, confirma esa fijación de los técnicos. «Los entrenadores les decimos a los chavales que la suelten rápido y que centren. Y a Onésimo no le podías decir eso porque hasta que no hacía el último regate no la soltaba». Su entonces compañero también es ahora entrenador en la cantera blanquivioleta, en el filial, y se busca a sí mismo en esos chavales a los que prepara. «Yo les obligo a mis jugadores a regatear en algunas zonas del campo. Les digo 'si no lo haces, te quito'».

¿Qué haría Onésimo si se encontrara a otro Onésimo en potencia en el filial? «Me encantaría tener un jugador de mis condiciones para evitar que cometiera los mismos errores y para que aprendiera», dice. El porqué lo tiene claro. «Es bueno para un equipo tener un jugador capaz de cambiar un partido en quince minutos, eso es impagable. Yo era un jugador diferente. Cuando las cosas iban mal todos los entrenadores que he tenido me ponían y decían 'todas a Onésimo'».

¿Injusto? Seguramente sí. Los gambeteadores «se convierten en especialistas», asume el hoy entrenador. Y él sabe bien lo que se sufre. Durante su breve carrera en el Barcelona apenas tuvo oportunidades. Cruyff le puso ante el Anderletch en la vuelta de los octavos de final de la Recopa de la temporada 1989-90. Jugó 45 minutos. «La primera genialidad [de Cruyff] fue sacar a Onésimo en la segunda mitad, como sustituto de Valverde. Lo que pudo convertirse en una extravagancia del entrenador pasó a ser todo lo contrario cuando el pequeño extremo protagonizó, apenas saltar al campo, la jugada que dio origen al primer gol. ¡Genial!», narraba la crónica de La Vanguardia. Como premio por una actuación brillante Onésimo jugó el domingo siguiente con el filial, el Barcelona Atlétic, ante el Eldense.

El de Onésimo era un juego para odiar o amar. «A mí me han silbado como al que más y han aplaudido como el que más. Incluso en el mismo partido. Tenía ese don de cambiar las cosas. Y recuerdo San Mamés, el Nou Camp, el Santiago Bernabéu, campos grandes que me motivaban. Los silencios de esos estadios cuando cogías el balón los recuerdo perfectamente», asegura. Y como todo genio cultivaba un lado oscuro que le hizo mucho daño. «Se dijeron muchas mentiras sobre mi relación con Mágico González cuando estaba en el Cádiz», lamentaba en una entrevista en 1996. Que si le gustaban las fiestas, que si no era amigo de los entrenamientos. La leyenda negra que en otros casos fue cierta. Como el de Best, que apenas jugó seis temporadas al máximo nivel y que se pasó la vida de cama en cama acompañado por mujeres y alcohol. O Garrincha, arruinado y alcoholizado sin poder soportar que Pelé le eclipsara. ¿Que no le gustaba entrenar? Probablemente no demasiado. En su época los entrenamientos tenían un componente físico bastante importante. Todavía recuerda los balones medicinales con los que les hacía trabajar Javier Yepes en un campo de tierra al lado de la Hípica. Y las instalaciones, por supuesto, nada tienen que ver con las que disfrutan ahora sus pupilos en los Anexos.

Leyendas a ras de césped

Las mayores leyendas de Onésimo, sin embargo, son las que se referían a su habilidad. Decían entonces que en la mili se apostaba a que era capaz de coger un balón en su portería, driblar a todo el equipo rival y marcar en la otra. Y que lo conseguía. Él se ríe. «He hecho jugadas espectaculares con seis y siete regates, y fallos espectaculares como regatear a siete u ocho jugadores, al portero, intentar driblar a un defensa que venía en carrera y caerme en un charco cuando ya lo tenía para meter gol. Yepes se cabreó mucho», dice. Y su entonces entrenador lo refrenda. «El partido más espectacular de Onésimo fue en Torrelavega en el campo de la Sniace. Dribló a siete u ocho jugadores y se cayó y se dio con el palo». Pereira recuerda otra de las suyas. «Le he visto llegar al banderín de córner y desde allí, por toda la línea de fondo, regatear a cuatro jugadores y darme el pase atrás. Le vi hacer lo mismo en el Camp Nou. Cruyff le fichó por eso».

«Era habilidoso, rápido con el balón, pero con muchos metros por delante no. Ahí me cogían y me tocaba volver a regatear, pero no porque les esperara», desmiente. De su calidad técnica no cabe ninguna duda. No hace mucho, mientras el primer equipo trabajaba en la cancha de al lado, Onésimo dribló a tres jugadores del filial y marcó. «Siempre queda algo», dice.Ese algo es el balón pegado al pie, la mirada fija en el defensor, el descaro para buscarle una y otra vez. Y el don que hizo de él un regateador legendario. Quizá el último de su estirpe.

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